Dicharachera

En una ocasión me encontraba en una casa ajena, había sido de una señora mayor que al fallecer se la había dejado a su nieto, quien ahora vivía en ella. De esta forma, la decoración antigua de la señora se mezclaba con la nueva de su nieto, de forma que se combinaban la decadencia por falta de cuidado con las nuevas incorporaciones como pósters o palés que el nuevo inquilino parecía introducir en un vago intento de demostrar que él también tenía sitio allí. En aquella ocasión había una fiesta, y en la fiesta estaba yo. Había visto nada más entrar en el salón un sillón amarillo con puntos negros, un sillón vacío porque parecía incómodo y no daba lugar a muchas posturas, de forma que no era lo mejor para la interactuación social. Me senté en él, en el sillón de la abuela. Al rato la música cambió y vi que todos a mi alrededor se estaban metiendo algo, de pronto a todos se les cerraban los ojos, se les abrían los labios, se les cerraba la mente y se les abría el esfínter. Yo, por aquello de querer ser parte o por querer fingir que quería serlo, también me dejé resbalar por el sofá hasta casi llegar al suelo, como si me hubiese metido también algo. Cuando abrí los ojos vi a un chico a tres metros de mí con los pantalones por las rodillas y su pene flácido en la mano, al cual miraba como en las películas los soldados miran a sus mejores amigos morir en sus brazos. Más allá del chico del pene flácido había un cuadro en el que un rostro me miraba, era algo moderno, una figura pintada sobre un lienzo que previamente había sido atacado con arrebatos de pintura a lo Andy Warhol. Me miraba el cuadro, el cuadro del nieto. Al chico del pene flácido otro chico le cogió de la mano y lo guió hasta el baño, en una solución que no se me habría ocurrido y que me pareció fantástica, del tipo si no puedes con tu enemigo únete a él, si no puedes usar el pene, usa el culo. Tardé un rato en darme cuenta de que el cuadro me miraba porque yo era un cuadro a su vez, un cuadro, una escultura o una tabla de skate, algo introducido por el chico de la casa para no verla tan grande, tan rencorosa y tan poco hogar. Aquellos jóvenes, a su vez, se metían lo que fuera siguiendo el mismo proceso, aunque sus no-hogares fuesen interiores, y yo, a mi vez, les miraba, les criticaba y jugaba con las cosas exactamente por lo mismo. Solo hay que aceptarse, aceptar a las cosas y aprender a vivir como lo hace un ciego, porque a esta altura de la calle hay un socavón y tengo que aprender a esquivarlo. Pero aquí entra el problema de llevar las cosas a la práctica, cuando te paras a pensar en quién eres y en quién eres porque te hayan influenciado a serlo, entonces, no sabiendo cómo solucionar este problema, quedé con el dueño de la casa en comprarle todos los muebles de su abuela. Él sería más libre y yo aprendería a aceptarme como lo que soy, una anciana no del todo amable que le deja la casa en herencia al nieto para que se pueda independizar y porque su madre seguro que la vende o la divide en cinco partes y le da por alquilarla.

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Virgen del robo

Me acaban de robar hace como una hora. Lo peor, y esto es verdad, es que poco antes de que pasara andaba pensando en qué podía escribir en esta ocasión. Pensaba en escribir sobre una niña mágica o escribir sobre mí y disimularlo con una niña mágica, pero al salir de ver a un amigo actuar y perderme en la periferia, me han robado. Y no sé, no he ido a la policía ni siento que me tiemblen las manos, pero tengo una sensación extraña, como nueva, como la niña que toma un refresco con cafeína por primera vez o la misma que apenas unos años después prueba el alcohol. Fue como siempre me pintaron y no creía posible: un parque solo y oscuro. Se me acerca un chico de aspecto normal, me dice algo que no entiendo y de pronto veo una navaja entre los dos, pero sin actitud, como si me estuviese diciendo que se me había caído. Prometo que lo primero que pensé fue que aquello era absurdo, no sé por qué lo primero en que pensé fue en explicarle por qué conmigo tenía que hacer una excepción y no atracarme, como si de verdad tuviese una excusa. Tardé en reaccionar y ya me había cogido de la muñeca, y cuando lo hizo pensé que qué tonta, que hasta ese momento podía haber echado a correr porque el parque era realmente grande y él abarcaba una minúscula parte. Entonces sí que fue extraño, porque él tampoco parecía saber qué hacer, igual estaba acostumbrado a que en seguida le diesen el dinero o quizá es que se trataba de su primera vez, pero lo que no debía pensar era encontrarse a una chica muerta de frío que se bloqueaba al pensar en aquello con una extraña nitidez, como si pensase sobre una película. Me dijo que sacase la cartera, y a mí me salió decir que no, a lo que me dio una bofetada. Ese golpe hizo que me empezara a hervir la cara y un poco el cuerpo también, porque no era el dolor, que no me dolía, sino esa agresión a no sé, mi honor, mi integridad, mi seguridad de que a mí no me atracan. Pero como seguía sin sacar la cartera, él tiró del asa de mi mochila, porque bolso no llevaba. Al final la mochila quedó entre los dos, en el aire, estúpidamente sujetada por ambos (¿y su navaja? Me pregunto ahora). La abrió y miró con la misma rapidez y codicia de quienes inspeccionan el agua buscando oro. Vio un libro de G.W., un cuaderno, un estuche de los que no llevan lápices, una botella de plástico vacía, una agenda, un paquete de pañuelos y otro de chicles. Después de verlo todo, decepcionado, repasó el contenido y cogió el libro como valorando si era lo que más valor tenía, sin embargo debió comprobar que era algo más parecido al ensayo que a la novela y lo devolvió a dentro, después se hizo con el paquete de chicles y volcó la mochila sobre el suelo oscuro del parque, posiblemente frustrado. La botella de plástico rodó hasta perderse en los arbustos. Pero el chico era listo y me preguntó por la cartera, yo le dije que no la llevaba encima y entonces me mandó vaciarme los bolsillos. Ante él, en mi mano, las llaves de mi casa. Ahí tuve más miedo, porque si le daba por cogerlas tendría un poder mucho más oscuro sobre mí. Pero no lo hizo. Se fue deprisa, echando chispas y rayos. Con mi paquete de chicles. Sin haber mirado que la cartera la llevaba en el bolsillo trasero del pantalón. Habiéndome hecho ver que había olvidado el móvil en el teatro después de sacarlo para hacer fotografías. Se fue llevándose nada y dejándome su miedo.

La Loca de la Plaza de la Luna

Una tarjeta de visita del bar Paraíso. Un bar decorado con la idea que el dueño tiene del paraíso. Un paraíso un tanto oscuro, más bien un infierno bonito. Las primeras cosas en que me fijé cuando me hube sentado fueron la camisa de mi acompañante y en el volcán instalado en la mesa de al lado, del que brotaba un humillo blanco y en el que se internaban cuatro pajitas. Espero que no lo sepa nunca, aunque me daría igual, pero desde que había salido del metro me había tenido que repetir muchas veces el nombre de mi acompañante, Joaquín, Joaquín, Joaquín, porque no lograba que se me quedara en la cabeza, Joaquín, Joaquín, y no dejaba de desear que fuera extranjero y se llamase Quin. En los treinta y siete minutos que estuve allí sentada me invitaron a una copa el hombre mayor de la barra, un camarero y mi acompañante, que insistió en pagar. Era una pena, pensaba, porque justo aquel día había decidido que no me apetecía beber, alcohol, digo, porque babas tampoco. Luego mi buen acompañante, del que no repito el nombre porque se me había vuelto a olvidar, me ofreció ir a su casa a escuchar música y a enseñarme cualquier mentira, y a mí me apetecía de veras en aquel momento, pero es una pena, pensé, que sea de mala educación decir “pero no pienso acostarme contigo”. Su casa era un piso compartido de estudiantes solo que sin estudiantes con quien compartirlo. Le pregunté si lo consideraba su hogar y me cambió de tema. Después pareció un baile, porque intentó tres movimientos para quitarnos la ropa. Realmente originales, un siete sobre diez, en uno incluso tuvo que quitarse él algo de ropa. ¿Pero de verdad que no tienes calor? Y así luego se murió de frío por andar en manga corta por un piso donde no se paga la calefacción y no hay compañeros de piso ni mujeres que se te desnuden. Con la idea del baile ya metida en la cabeza, puse la música prometida y le hice bailar para mí. El pobre bailó porque de perdidos al río y del río, ahogado. Corrí las cortinas y puse un trapo rojo sobre una lámpara baja. Bailó para mí y después yo bailé para él, y como me daba pena pero no iba a ocurrir lo que él quería que ocurriera, a pesar de que no me desnudé, sí le hice un baile tal que fuera a quedar en su memoria, al menos en la de aquella noche, en la cama o en el baño. Cuando decidí marcharme, él se ofreció a acompañarme, pudiendo así ponerse el abrigo sobre los brazos en carne de gallina. Me contó sus hazañas de gran luchador, no de luchador de lucha, sino luchador en su sentido más amplio, en ese que hace pensar que estás hablando con un semidios, o con el hijo de un semidios, o con la idea de lo que le gustaría ser al hijo bastardo del hijo de un semidios. Pero entonces pasamos por la Plaza de la Luna. En algunos sitios el nombre de esta plaza no se reconoce, aparece solo la calle, pero es uno de mis lugares favoritos de Madrid, aunque sea realmente fea. En ella hay una historia que habla de lunas más grandes que la Tierra y de portales a otros 27 universos. Había una mujer que se volvió loca con aquel tema, realmente loca. Le hablé de ella a mi acompañante, de la Loca de la Plaza de la Luna, y no vi en él un especial interés en la historia más allá de que se la estaba contando yo, y esa fue la verdadera prueba que aquella persona falló.

Me despedí de él, entré en la boca de metro y al rato volví a salir para poder pasear un rato sola. La Loca de la Plaza de la Luna hablaba de portales y un día desapareció, igual encontró lo que andaba buscando.

Mujer, caracol, pintora y viva

“Has crecido hasta convertirte en un monstruo” me dijo una vez mi madre. Sé que lo dijo en broma y creo que no ha tenido más repercusión en mi vida, sin embargo es la frase que me vino a la cabeza el día en que di mi primera clase de pintura. Me vino con su voz y con sus gestos, y lo que había creído que se refería a mi personalidad, pensé que igual hacía referencia a lo mal que se me daba pintar. Piensa en una anciana matando el tiempo pintando un bodegón con otros ancianos, lo que hace es horrible, pero a ella le da igual. Yo empecé a pintar mucho, me dije que ya estaba, que así expresaría las cosas del mundo, mentiría si dijese que no quería ser Frida Kahlo y que la gente me dijese que se identificaba tanto (¡tanto!) con un ciervo con mi cara y asaeteado, pero todas hemos pasado por locas experiencias, todas tenemos a nuestra niña interior que de vez en cuando pasa con un carrito y viene a hacer la colada. Pero lo cierto es que salí de aquel curso habiendo horrorizado a mi profesora y pintando fatal, pero pintando, cosa que no creo que siguieran haciendo el resto de mis compañeros. Si voy de viaje pinto acuarelas, si me gusta alguien pinto su retrato, si me decepciona lo quemo, y si me aburro empiezo a pintar puntitos de colores de forma vaga que acaban siendo siempre un mar en la noche iluminado por mil lunas. Hasta ahora no había escrito sobre yo y la pintura porque estaba segura de que no iba a hacerlo bien, de no contaría todo lo que quería contar, así que es la primera vez que he dicho que pinto, aunque me he librado de hablar de lo que la pintura significa para mí.

El otro día mi madre me encargó ir a recoger a mi hermano pequeño que estaba en casa de un amigo. Llamé al timbre, me abrió la madre y mi hermano y su amigo huyeron a una habitación del fondo. Inmediatamente se pegó a mí una niña rubia que siempre que me ve me mira como si me admirase. A veces tengo la sensación de que podría decirle algo y que eso marcaría su vida para siempre. Podría decirle, por ejemplo, “has crecido hasta convertirte en un monstruo”, y que venga un amigo mío que es abogado y me acuse de homicidiar su futuro. Lo cierto es que mientras esperaba a lo que sabía que iba a ser una dura lucha contra mi hermano haciendo que se calzase mientras él buscaba la forma de distraerme para seguir jugando, decidí adelantarme y me senté en el sofá de aquella casa cuyo único elemento de decoración era un bol de cristal lleno de canicas (tengo que llevarme una, pensé). La niña rubia no se sentó a mi lado, sino que de pronto estaba sentada a mi lado. En la televisión estaba en pausa el videojuego al que habían estado jugando mi hermano y su amigo. Era de Dragon Ball, uno de estos juegos en los que hay cientos de personajes a elegir y luego un escenario acotado donde pelear. Como había dos mandos le di uno a la niña rubia, que me dijo que no sabía jugar, a lo que le contesté que yo tampoco. A veces me imagino hablando sobre mí misma en una extraña entrevista en la que no hay preguntas ni entrevistador; el otro día, por ejemplo, recuerdo que le comentaba a esa nada que me escucha que no me gusta la gente, no me gustan las aglomeraciones, ni salir a cierto tipo de planes, pero que sin embargo, después de cavar en pos de mi soledad, me asfixio necesitando a la gente y quiero que me quieran y me hablen y me pregunten cómo estás y que haya tanta gente reclamando mi atención que me vea obligada a elegir. Decía, en esa entrevista, que me siento como la protagonista de una película post-apocalíptica cuya morada se encuentra a las afueras y que cada día se ve obligada a salir a buscar chatarra, prefiriendo vivir sola a convivir con alguna especie de tribu. Le elegí a la niña el personaje más fuerte y me cogí yo el más débil, pensando que a pesar de no conocer ninguna el juego yo contaría con más capacidades, pero me ganó. El otro día leí un poco sobre Ivan Illich, el anarquista austríaco, y su metáfora sobre el caracol. Más allá de la selección natural a veces me pregunto el porqué de cada animal. El caracol me parece ahora mismo uno de los animales más vulnerables, y sin embargo existe, lo que quiere decir que ha pasado la prueba de la realidad, aunque también es verdad que parece que ha contado con ayudas posteriores, porque no parece normal que cuente con ambos órganos sexuales para poder reproducirse solo y no tener que buscar una pareja. El caracol recibe ayuda en el juego de la vida como la recibe la niña rubia en el juego de Dragon Ball. ¿Para qué existe el caracol si se puede reproducir solo? Más que una vida se trata entonces de individuos muy parecidos. Le puse a la niña el personaje más débil y cogí yo el más fuerte, pero me ganó igual, así que empecé a sospechar que ya había jugado o había visto a su hermano jugar y disfrutaba como una reina ganando desde la modestia a alguien a quien admiraba. Me imaginé entonces a todos los animales en un juego como aquel: elige tu personaje y pelea. ¿Cuándo eliminarían al caracol? Me pregunto cuál sería el animal más fuerte, aunque habría que establecer algunas reglas, porque el león acabaría por matar a una ballena varada a coste de quedarse sin dientes, pero se ahogaría en el mar o moriría aplastado si la ballena le cayese encima. El ser humano sería eliminado por cualquier carnívoro o mamífero sin más que le superase de tamaño, a no ser que trucases el juego y le dejases usar sus armas. Si soltases a todos los animales y les obligases a pelear, la única opción del caracol para poder sobrevivir sería esconderse y esperar a que otros se matasen, como se escondería una mujer en un mundo post-apocalíptico, como se escondería una mujer joven en la pintura.

Me marché de aquella casa con mi hermano y una canica en el bolsillo.

La brujita

Para Yaiza, con cariño.

Había una vez una rana que engendró un pájaro que engendró una ciudad en forma de inmenso huevo caído del cielo. En esta ciudad pronto se alargaron las casuchas hasta hacerse grandes edificios, y en uno de estos rascacielos, allá arriba, arriba, arriba, había una esferita de cristal con un niño dentro. El niño estaba allí por haber enfadado a la bruja, bruja que volaba sobre la ciudad lanzando entre gritos maldiciones y regalos a los viandantes. La bruja había castigado al niño por algo que ninguno de los dos recordaba ya, y el niño no sabía cómo hacérselo notar. El niño lloraba a veces, y aunque no lo hacía siempre, el agua que lloraba no podía evaporarse, así que iba subiendo por la esfera amenazando con ahogarle, lo que hacía que llorase más y que todo aquello fuese bastante peligroso. La bruja, cansada ya de la ciudad, volaba pensando en cómo remodelarla, y la mejor idea para ello, le parecía, era reconvertirla en un desierto. La bruja no dejaba de dar vueltas, el niño de llorar y la escritora de pensar qué podía pasar, porque la escritora andaba pensando en algún tipo de príncipe o caballero que entrase a galope en la ciudad, pero algo le distraía de engendrar esa idea en condiciones, y era el hecho de que el niño, que no dejaba de llorar, antes que ahogarse estaba generando un peso tal que los hierritos que sujetaban la esfera empezaban a temblar de miedo y amenazaban con echar al traste toda la operación de rescate del príncipe, al traste, digo, porque no es meritorio rescatar un cadáver. Y así fue, el príncipe había empezado ya a coger aire para dar su aseado discurso y la bruja había empezado a dirigirse a él con rayos verdes en la mano o alguna cosa de esas malvadas que se atribuyen a las brujas, cuando el tercer hierrito (un día hablaré de la trágica historia de estos tres hierritos que termine justo en este punto, piensa la autitotriz de esta historia) cedió de golpe y no sin lástima para que la bola llena de agua salada empezase a rodar cuesta abajo por el tejado arramplando con tejas, chimeneas y veletas hasta verse en caída libre desde el edificio más alto de una ciudad que se decía a sí misma ¡esto se veía venir! Y bueno, la bola con el niño arrastró también en su caída toda una bandada de golondrinas y a cierta bruja que volaba por allí en busca del enfrentamiento con cierto príncipe que galopaba por allí. Y la bola y la bruja chocaron contra el suelo, con tal estrépito que hubo mil estallidos mágicos que en vez de desierto hicieron retroceder el tiempo de forma que la ciudad (con el príncipe dentro, esto sí fue un fallo del tiempo retrocedido) se convirtió en huevo, que ascendió a los cielos, que se internó en un pájaro, que se internó en una rana que, como todo el mundo sabe, croó y se fue dando saltitos. Así que ya sabéis, niños, cuidado con las ranas, la flora, los edificios altos y las remodelaciones urbanas.

Juicio

Pero pese a estar fuera, había quedado una palabra en el tintero, la última que me habían dado: juicio.

—¿Cómo se declara la acusada?

—¿Sobre qué?

—¡Responda! ¿Cómo se declara la acusada?

—Inocente.

—¡Mentira! ¿Cómo se declara la acusada?

—Culpable.

—Perfecto, es lo que pensábamos.

Como ya se ha escrito antes, me llevaron por un túnel de espejos a través de los cuales me miraban cientos de ojos. Me raparon el pelo, me quitaron los colgantes y las uñas, me hicieron confesar los nombres de mis amigos y me preguntaron por él. Dije que no le conocía, por miedo, y entonces me pegaron. Dije que sabía quién era, y me golpearon de nuevo porque no era bueno que lo supiese. Luego deliberaron, hablaron mucho sin dejar de mirarme. Sus murmullos eran piedras que crecían detrás de los ojos. Yo temblaba por miedo a hacer algo, temía que el sudor cayese con mucha violencia contra el suelo y resonase en las paredes. Me hicieron cantar, grabaron mi voz y la hicieron resonar en aquel cuarto durante horas, hasta que parecí un pájaro. Me dijeron que debía contar mi vida, todos los recuerdos que tuviese, con la máxima fidelidad, con todos los detalles.

Al final, después de mucho tiempo sin sol ni luna, me soltaron en un campo, desnuda, y me dijeron que me fuera. Les pregunté que por qué dejaban que me fuera, si creían que era culpable, y me contestaron que sabía inocente, pero que me echaban por las palmas de mis manos. Las miré y las vi negras. Negras por la tinta, imagino, pero ellos ya se iban y si era cierva debía irme antes de que viniera el cazador.

Me dijeron que escribiese con la palabra juicio, pero me expulsaron antes de que hubiera ninguno.

Pequeñas criaturas de la mentira

Ella también contemplaba las nubes buscando formas, y siempre encontraba alguna, es la ventaja de cuando se es niña. Pero no es que levantase la vista y se encontrase con el cielo, es que salía al jardín a buscarlo. Como sus padres decían que tenía que comer bien y ella no lograba tener demasiado apetito, creía suplir las faltas bebiendo agua. Bebía muchísima agua, obligándose a ello hasta que la tripa quedaba como un globo hinchado, redonda y suave. Y entonces, cuando estaba en el jardín mirando al Sol con los ojos cerrados para ver después el color verde en blanco y negro, le entraban ganas de ir al baño, pero no quería entrar en casa porque eso suponía mucho esfuerzo y porque había estado caminando descalza por la hierba y las suelas de sus pies estaban negras, así que se aseguraba de estar sola, se bajaba las bragas, las colgaba de la veleta del jardín y se iba a mear a donde siempre meaba, entre una maceta y un gnomo de jardín donde había empezado a crecer un musgo verde casi negro. En esos momentos de libertad absoluta se remangaba el vestido y movía las caderas para que el pis describiese formas en el aire. Pocas veces envidió tanto a los chicos. Después, como solía mojarse las piernas, corría hasta el otro lado del jardín, donde estaba el tendedero, y se secaba con alguna sábana o toalla que hubiera colgada.

Un día se sentó en las escaleras de piedra y se puso a pensar. Como a esa edad su mundo era pequeño, pensó mucho pero en pocas cosas. Pensó, por ejemplo, en los hermanos del número 17, que habían atrapado una ardilla y jugando con ella la habían matado. Se preguntó si la violencia de sus actos vendría de la violencia con la que fueron engendrados, y decidió que ya tenía una historia que contar aquella semana.

Aquella tarde, cuando los niños se reunieron en el descampado como acostumbraban, ella llegó la última y les preguntó si alguien más había visto el cadáver del lindero del bosque, un lugar donde no solían poder ir. Lo describió como un hombre de cincuenta años, vestido con traje de pana y sin nada en los bolsillos. Los niños se miraron entre sí como se miraría un grupo de ovejas preguntándose si también deben temer a los zorros o solo a los lobos, pero al final confesaron que no, que no lo habían visto, y nadie la cuestionó.

Al día siguiente ella llegó pareciendo no recordar el asunto del cuerpo, pero los niños, por el contrario, lo recordaban fervientemente. Uno de ellos dijo que había ido a verle nada más salir del colegio, antes de ir a comer a casa, y otro dijo que venía de estar con él ahora mismo. Y así, durante las tardes siguientes, el tema de conversación fue aquel cuerpo y cómo un niño decía que la tarde anterior lo había visto en tal estado de putrefacción que ya asomaba la calavera y cómo una niña le reprochaba que ella acababa de ir a verle y que le había visto la piel tan rosada que parecía dormido y que de hecho había creído ver como se le hinchaba el pecho al respirar. Un niño dijo que hurgando en sus bolsillos había encontrado cincuenta euros muy doblados y escondidos, y otro dijo que iba a llevar a su padre a ver el cuerpo, de forma que la fama momentánea que quería adquirir llegó en forma de abucheo colectivo. El domingo siguiente, justo una semana después, ella comentó como si nada, ¿habéis visto que ya no está el cuerpo? Y los niños le dijeron que sí, precisando incluso la hora a la que se lo habían llevado. Uno de ellos se infló el pecho con orgullo y les dijo que su tío tenía una funeraria y se había encargado de llevar el asunto, que aunque pensaba ser caritativo y enterrarlo gratis, el muerto resultó ser el hijo de una familia riquísima, de forma que su tío había sido agasajado con todo tipo de joyas en agradecimiento, y que éste le había prometido a él un anillo de un rubí del tamaño de una mandarina. Pero ella no le escuchaba, ya andaba contando algo nuevo, y aquel corro de pequeños críos volvió a beber de lo que decía ella para poder vivir una semana más.